Cuando la lágrima toca el suelo,
exhausta,
la inundación es innevitable,
los perros ladran llagas famélicas
y los gatos ni siquiera divisan la noche.
Antes hubo un trayecto,
una sinuosa curva
por la que la lágrima danzó transparente,
bebiéndose las calles con los ojos
y las ciudades
y el zigzagueo de los trenes,
hasta ser tan previsiblemente grande
que terminó desmoronando
la imperturbabilidad ocular de su dueña;
hasta ser tan imaginablemente grande
que el idílico interior
tallado de experiencias
se tornó grotesco,
flácido
vacío,
y fue entonces cuando los perros se volvieron del revés
y los gatos se arrancaron los ojos en silencio
sorprendidos por la súbita finitud de la vida.
(Tan potencialmente grande



